Mamá, quiero ser autónoma

Hace poco se publicaba el artículo ‘El timo del emprendedor cultural‘, del que me hacía eco en el muro de Agenda Magenta porque, en esencia, me recordaba a algunas de las ideas ya compartidas en este blog en referencia a ‘meetings shows’ y otras iniciativas. Esta semana Laura Cano, colaboradora de esta agenda, compartía un texto en el que Cristina Riera reflexionaba sobre el fenómeno de la emprendeduría y cómo se ha convertido en el aparente salvavidas del sector cultural, poniéndose el acento en el modo y perdiendo de vista el discurso sobre los fines, el ‘para qué’.

Comparto la crítica que se hace a ese discurso manido sobre el emprendedor, esa arenga con la que se nos bombardea desde todo tipo de medios que nos cuenta que abrir un negocio es convertirse en dignos sucesores del Cid. No hay duda de que, detrás de ello, la voluntad política e institucional no es la de ver cumplidos nuestros sueños, sino la de que dejemos de engordar las listas del paro y/o que suplamos la falta de ciertos servicios. En definitiva, que les aligeremos de cargas y responsabilidades, y nos convirtamos en nuevas fuentes de ingreso para el estado –y algunos cuantos avezados– por medios tan abusivos como difícilmente sostenibles en el largo plazo.

Como a Riera, a mí nunca me gustó el término ‘gestora cultural’, menos aún el de ‘emprendedora’. Creo que es fundamental poner en cuarentena el lenguaje, igual que cuestionar políticas y demandar mejores condiciones. También creo que, a veces, es necesario reconquistar no sólo derechos sino también palabras que se refieren a formas de hacer y ser que no son exclusivas de unos u otros. Del mismo modo que una marca no puede adueñarse del concepto del optimismo, por mucho calendario megachachi que venda, dejar que quienes hablan de emprendeduría hagan suyo (ideológicamente) ese terreno es abandonar un camino fundamental para cambiar las cosas. No por convertirse en autónomo o empresario se vuelve uno adalid neoliberal, ni mucho menos ‘cómplice del desmantelamiento del servicio público’.

A raíz del Zinc Shower o La Factoría Cultural, ya dije que no se trata de replicar modos y hábitos porque sí. Hace poco leía un certero análisis sobre el Festival Surge Madrid donde se señalaba que una parte importante de la inversión pública había ido a parar a la publicidad en detrimento del contenido. Es cierto, las cifras, los carteles bonitos o los titulares pueden ser árboles de neón muy brillante que roben, muy conscientemente, el protagonismo al bosque. Por eso creo que se trata de diferenciar qué proyectos son capaces de generar debate y apego, cuáles tienen un contenido sólido y coherente.

Como trabajadores mucho más cercanos a lo artesanal que a lo industrial, el porcentaje de autoempleo en cultura es lógico; Agenda Magenta está rodeada de ellos, desde espacios a todo tipo de creadores. Y lo cierto es que los ejemplos que me tocan de cerca son precisamente esa materialización del ‘para qué’. Iniciativas como Sandwich Mixto, Habitar La Línea, FeedingArt, o Saltatium Teatro, entre otras, están integradas por gente que apuesta por una forma de hacer cultura en la que creen, guiada por la pasión que menciona Riera. Todo relleno sabroso y nutritivo, nada de aditivos.

Ahora bien, estas mismas iniciativas no tienen ni la mitad de repercusión que las del párrafo anterior pese a que, desde mi humilde punto de vista, merecen el triple de reconocimiento. Todavía nos queda mucho que recorrer en el ámbito de la cultura, sobre todo cuando hablamos de pequeños proyectos. Yo sigo echando en falta mayor profesionalización del sector y sí creo que tenemos que seguir incidiendo en el uso de ciertas herramientas, planificación y estrategias. Nos olvidamos a veces de que la publicidad, sin ir más lejos, se ha apropiado de formas que vienen del arte. Reclamémoslas de nuevo sin miedo a que por ello vayamos a perder ni un ápice de la solidez de nuestros valores, devolvamos a ciertas fórmulas su uso como medios al servicio de un contenido que lo merece y no al revés.

Hace un año participaba en una mesa redonda de un máster de gestión cultural y una alumna tuiteó el momento en el que dije que ‘no había nada más inflexible que una institución’, lo que dio pie a una bonita polémica. A lo que me refería, en el fondo, es a que creo mucho más en la capacidad de respuesta de las iniciativas más modestas. Más rápidas, más cercanas y menos pendientes de números y burocracia, pese a todo, son mucho más libres en definitiva. Para mí, eso es ser autónoma, quizá el término que más me guste de todos porque hace referencia a ese grado de independencia que le permite a uno intentar lo nunca visto solo porque le sale de dentro.

El camino es muy jodido (pero mucho), que nadie les cuente lo contrario. Ya dije en su momento que, en mi opinión, la decadencia de Madrid reside en la falta de una política que respalde a quienes lo estamos intentando con más facilidades para crecer y salir adelante, en vez de medidas que son trabas más que otra cosa. Creo que se trata de sumar herramientas, no de restar, confiando en que la potencialidad es la nuestra, no la de un concepto o una estrategia que, por mucho que los nombremos, no van a hacer que el espíritu de Margaret Hilda Thatcher aparezca.

*Imagen del sr. García.

5 comentarios en “Mamá, quiero ser autónoma

  1. He entrado con miedo a este post y lo he terminado con una gran tranquilidad al ver que pensamos lo mismo. En mi caso quiero ser autónoma (si, yo también prefiero ese término) porque a día de hoy no se me ha abierto ninguna puerta en el mundo de la gestión cultural ni he recibido ninguna ayuda (ni se la espera) y prefiero comenzar algo por mi cuenta, y equivocarme, a seguir esperando una amiga que, me temo, nunca va a aparecer. Siento un gran miedo como todo autónomo o emprendedor, sobre todo por el gran vacío que se nos presenta a todos delante y al miedo al fracaso y al futuro incierto, pero ¿qué otra salida nos queda? Un besito.

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    1. Hola, Sheila

      Creo que quedan otras salidas, no es la única. En todo caso, me parece que es bueno reclamar también el territorio de la iniciativa privada como un ámbito donde poder hacer cultura y encontrar nuevas soluciones, sin perder de vista en qué creemos.

      ¡Un abrazo!

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